Segovia, ciudad Patrimonio de la Humanidad en Castilla y León, alberga una de las obras de ingeniería más fascinantes del mundo romano: su grandioso acueducto. Sin embargo, para el folklore local, los 167 arcos de granito no son solo fruto del ingenio de Roma, sino de un trato desesperado con el mismísimo Lucifer.
El acueducto de Segovia no es solo una proeza de la ingeniería romana (construido con sillares de granito unidos sin una gota de argamasa); es el escenario de uno de los pactos demoníacos más famosos de nuestra tradición.
En mitos-y-leyendas.es, nos adentramos en el corazón de la ciudad para descubrir cómo la tradición popular ha transformado el origen de este monumento en una de las leyendas de la geografía española más queridas y buscadas. Te invitamos a conocer la leyenda del acueducto de Segovia. ¿Nos acompañas?
Leyenda del Acueducto de Segovia
El origen y esencia de esta leyenda reside en el agotamiento de una joven cuya tarea diaria consistía en subir agua desde el valle hasta la parte alta de la ciudad.
La orografía de Segovia, marcada por sus desniveles y su imponente alcázar, es el escenario perfecto para este mito de desesperación. ¿Quieres saber qué pasó? ¿Por qué es tan famosa la leyenda del acueducto de Segovia, la joven y el diablo? Echa un vistazo:
Hubo un tiempo, hace ya muchos siglos, en que la vida en la ciudad de Segovia era tan dura como la roca de la sierra que la vigila. En lo alto del peñón, donde hoy se alza el Alcázar y la Catedral, el agua era un bien de lujo que solo se conseguía a base de sudor y lágrimas.
En aquel entonces vivía una joven de humilde linaje, cuyo oficio era el más penoso de todos: la aguadora. Cada mañana, antes de que el sol lograra calentar las frías losas de la ciudad, ella ya descendía con sus cántaros vacíos hasta el cauce del río Eresma. El problema no era bajar, sino el regreso; subir las empinadas y tortuosas cuestas con el peso del agua golpeando sus costados, sintiendo cómo el barro se pegaba a sus alpargatas y el sol de Castilla castigaba su espalda.
Una tarde de verano, especialmente asfixiante, la joven se detuvo a mitad de la subida. Sus rodillas temblaron y, exhausta, dejó caer los cántaros. Al ver el agua derramada, fundiéndose con el polvo del camino, estalló en llanto y gritó al viento:
—¡Daría mi alma al mismísimo Diablo con tal de no tener que subir este agua nunca más! ¡Que el agua llegue sola a la puerta de mi casa!
El aire se volvió gélido de repente. Entre las sombras de un callejón, surgió un caballero de porte elegante, vestido de negro riguroso y con una sonrisa que helaba la sangre. Era el Maligno.
—He escuchado tu súplica, pequeña —dijo con voz de seda—. Y acepto el trato. Antes de que el primer rayo de sol toque la tierra mañana, el agua correrá por lo alto de la ciudad y llegará hasta tu puerta. Pero si el sol sale y la obra no está terminada, tú ganas. Si el agua fluye antes del alba, tu alma será mía por toda la eternidad.
La joven, movida por la desesperación y pensando que tal proeza era imposible, aceptó.
Esa noche, Segovia no durmió en paz. Un estruendo de piedras chocando y vientos huracanados envolvió la ciudad. Desde su ventana, la aguadora observó con horror cómo una legión de demonios, como hormigas negras bajo la luna, transportaban gigantescos bloques de granito desde la montaña. Las piedras volaban y se encajaban unas sobre otras sin necesidad de argamasa, levantando una arquería colosal que cruzaba el valle.
Aterrorizada por su imprudencia, la joven cayó de rodillas y comenzó a rezar a la Virgen con una fe que nunca antes había sentido. Rogaba por un milagro, por un segundo de tiempo, por una pizca de luz.
La obra avanzaba con una precisión diabólica. El puente de piedra ya estaba casi cerrado. El Diablo, viendo su victoria cerca, reía mientras cargaba el último sillar, la pieza final que completaría el canal superior.
Pero justo cuando estiraba sus garras para colocar la última piedra, un hilo de luz dorada rasgó el horizonte por la Sierra de Guadarrama. El gallo cantó, anunciando el nuevo día.
Por apenas un suspiro, por una sola piedra que el Diablo no llegó a asentar, el pacto quedó roto. Lucifer lanzó un alarido de furia que hizo temblar los cimientos de la ciudad y se hundió en las profundidades, dejando tras de sí un intenso olor a azufre.
Al amanecer, los segovianos salieron de sus casas y contemplaron, estupefactos, el majestuoso Acueducto que ahora dominaba el paisaje. La joven aguadora fue perdonada y, según dicen, el hueco de ese último sillar fue ocupado más tarde por la imagen de la Virgen de la Fuencisla, para que nadie olvidara nunca que el cielo escuchó el ruego de una mujer arrepentida.
Hoy, si te fijas bien en las piedras del Acueducto, verás unos pequeños agujeros en el granito. Los arqueólogos dicen que son marcas de las tenazas romanas, pero los abuelos de Segovia saben la verdad: son las huellas de los dedos del diablo, que aún permanecen grabadas en la piedra como recuerdo de la noche en que el infierno perdió una apuesta.
Lejos de ser una historia olvidada, la leyenda ha cobrado una vitalidad inusitada en el siglo XXI gracias a la instalación de una escultura de bronce en la calle San Juan. Representando a un diablo bonachón y sonriente que se toma una fotografía con el monumento de fondo, esta obra de José Antonio Abella ha unido el pasado medieval con la cultura de Instagram.
Este fenómeno ha generado una nueva ruta turística en Segovia, donde lo digital y lo legendario se dan la mano. El interés por «el diablo del selfie» ha servido para que las nuevas generaciones redescubran la historia de la aguadora, convirtiendo un mito antiguo en una experiencia interactiva que refuerza la identidad cultural de la ciudad.
¿Por qué la leyenda del acueducto sigue cautivando?
El magnetismo de esta historia radica en cómo humaniza una obra de ingeniería fría y técnica. Entender el acueducto de Segovia a través de sus mitos permite al viajero conectar con el esfuerzo histórico de sus gentes y con la magia que impregna cada rincón de la geografía española.
En un mundo de explicaciones científicas, la figura del diablo perdiendo una apuesta por un solo segundo nos devuelve la capacidad de asombro ante lo monumental, recordándonos que, a veces, la fantasía es el mejor pegamento para la historia.
El Acueducto de Segovia
El acueducto de Segovia no es solo el símbolo indiscutible de la ciudad, sino uno de los legados más importantes de la presencia romana en la Península Ibérica. Esta construcción, que atraviesa el corazón de Segovia, ha desafiado el paso de los siglos, las guerras y los elementos, manteniéndose en pie como un gigante de piedra que conecta el pasado imperial con el presente moderno.
Lo que más sorprende a quienes contemplan el acueducto de Segovia por primera vez es saber que sus más de 20.000 sillares de granito encajan sin ningún tipo de argamasa, cemento ni adhesivo. La solidez del conjunto se sostiene únicamente por un preciso equilibrio de fuerzas físico-mecánicas y por un trabajo de cantería ejecutado con exactitud milimétrica.
Los ingenieros de la antigua Roma levantaron una construcción compuesta por 167 arcos que se extiende a lo largo de unos 15 kilómetros, desde el manantial de la Fuenfría hasta el Alcázar. En su tramo más elevado, situado en la Plaza del Azoguejo, roza los 29 metros de altura. Esa extraordinaria perfección técnica alimentó durante siglos la creencia de que solo una fuerza sobrenatural —como la que protagoniza la leyenda de la aguadora— habría sido capaz de erigir una obra de tal magnitud.

A lo largo de sus casi dos milenios de existencia —ya que su construcción se sitúa en el siglo II d. C., durante el gobierno de los emperadores Trajano o Adriano— el acueducto ha sido objeto de distintas actuaciones de conservación. En el siglo XI, durante un ataque musulmán, alrededor de 36 de sus arcos resultaron dañados, aunque fueron reconstruidos siglos más tarde bajo el reinado de los Reyes Católicos, procurando mantener la estética original.
Pese al impacto de la contaminación y a las vibraciones derivadas del tráfico contemporáneo, el monumento fue reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985. En la actualidad, la circulación de vehículos bajo sus arquerías está limitada para proteger los sillares de granito que, tras contemplar el paso de innumerables generaciones, continúan presidiendo el perfil de Segovia
Dónde está el Acueducto de Segovia
📍Dónde está el acueducto de Segovia
Visitar el acueducto de Segovia es realizar un viaje en el tiempo. Es posible recorrer el trazado que sigue el canal por la parte alta de la ciudad, ofreciendo vistas espectaculares de la Sierra y de la arquitectura segoviana. Contemplar el monumento al atardecer, cuando la luz dorada de Castilla tiñe el granito, permite entender por qué este lugar ha inspirado a poetas, artistas y cuentacuentos. Es, sin duda, la parada obligatoria para cualquiera que busque comprender la grandeza de la geografía española y la huella imborrable que dejaron los antiguos pobladores de nuestra tierra.

A continuación, te dejamos un mapa con la ubicación exacta el acueducto de Segovia, por si deseas viajar al lugar saber dónde encontrar el lugar origen de esta fantástica leyenda:
Y para completa tu visita a la hermosa ciudad de Segovia, no pierdas la oportunidad de realizar algunas de las siguientes actividades recomendadas por Civitatis: