La comunidad autónoma de Castilla La Mancha es tierra de mitos y leyendas. En esta ocasión, nos trasladamos hasta la ciudad de Cuenca para conocer una de las leyendas más populares de la región: La Cruz del Diablo.
Esta leyenda es, junto a sus casas colgadas, uno de los pilares del misterio en la ciudad de Cuenca. Es un relato de seducción, terror y redención que dejó una marca física —una huella— que aún hoy los visitantes buscan con curiosidad en la piedra.
Antes de comenzar, tenemos que indicar que debido a su popularidad durante cientos de años, la leyenda de la Cruz del Diablo también es conocida como la leyenda de la mano del Diablo, el zarpazo de Lucifer o la leyenda de la Ermita de las Angustias, por ser el lugar donde se desarrolló.
Desde mitos-y-leyendas.es, te invitamos a conocer una leyenda que no te dejará indiferente: la leyenda de la Cruz del Diablo de Cuenca. ¿Nos acompañas?
Leyenda de la Cruz del Diablo
Imagina una Cuenca de calles empedradas y sombras alargadas, donde el sonido del río Júcar golpeando las rocas es el único compañero de los noctámbulos. En este escenario, hace siglos, se forjó una historia que aún hoy hace que los lugareños se persignen al pasar por la Ermita de las Angustias.
La leyenda de la Cruz del Diablo es la crónica de un seductor que creyó haber encontrado a su presa perfecta, sin saber que era él quien estaba siendo cazado por el mismo Infierno. Prepárate para conocer el relato de una belleza engañosa y un zarpazo que quedó grabado, para siempre, en la memoria y en la piedra de la ciudad.
En la Cuenca del siglo XVIII, el nombre de Diego era sinónimo de escándalo. Joven, apuesto y de familia acomodada, Diego vivía para dos placeres: el juego de cartas y la conquista de corazones. No había mujer en la ciudad, ya fuera de noble cuna o de humilde origen, que no hubiera sido blanco de sus galanteos. Diego presumía de que su lengua era más afilada que su espada y que ninguna dama era capaz de resistirse a sus encantos por más de tres lunas.
Sin embargo, su arrogancia encontró un desafío a su altura durante las fiestas de San Lucas. Apareció entonces en la ciudad una joven forastera llamada Diana. Su belleza era tan extrema que parecía casi irreal: una piel blanca como el alabastro, una melena negra que recordaba a las noches sin luna y unos ojos tan oscuros y profundos que parecían leer el alma de quien los miraba. Diego, herido en su orgullo al ver que la joven lo ignoraba, juró ante sus amigos que la conquistaría antes de que terminara el año.
La oportunidad llegó en la víspera de Todos los Santos. La ciudad estaba sumida en una tormenta pavorosa; los truenos retumbaban en las hoces y los rayos iluminaban las casas colgadas como si fueran esqueletos de piedra. Diego recibió un mensaje de Diana: ella lo esperaría a medianoche en la soledad de la Ermita de las Angustias, un lugar apartado del bullicio, a los pies del río Júcar.
Diego, henchido de vanidad, acudió a la cita bajo la lluvia torrencial. Al llegar al atrio de la ermita, vio la silueta de Diana recortada contra la puerta del templo. Se acercó a ella con palabras de seda, dispuesto a sellar su triunfo con un beso. Pero, en el preciso instante en que sus manos rozaron los hombros de la joven, un rayo inmenso rasgó el cielo, iluminando el lugar con una claridad cegadora.
En ese segundo eterno, la máscara cayó. Diego vio con horror cómo el delicado rostro de Diana se deformaba en una mueca de odio infinito. Sus ojos se encendieron en un rojo carnal, su piel se tornó áspera y sus pies, asomando por debajo de la falda, ya no eran humanos, sino pezuñas de cabra. El dulce aroma que desprendía se convirtió en un hedor a azufre que cortaba la respiración.
Paralizado por el terror, Diego comprendió que no estaba ante una mujer, sino ante el mismo Lucifer que venía a cobrar el precio de su vida disoluta. El demonio lanzó una carcajada que resonó en toda la hoz y extendió su mano, ahora provista de garras afiladas, para atrapar el alma del joven.
En un acto desesperado de fe, Diego se lanzó hacia la cruz de piedra que presidía el atrio. Se abrazó al fuste con la fuerza de quien se aferra a la vida y comenzó a implorar perdón a gritos. El diablo, furioso al ver que su presa buscaba refugio en lo sagrado, lanzó un zarpazo mortal contra el cuello de Diego. Pero el joven se encogió justo a tiempo, y las garras del maligno impactaron con un estruendo metálico contra la piedra de la cruz. El fuego del infierno salió de sus dedos, fundiendo la roca y dejando grabada una huella profunda y chamuscada.
Entre un torbellino de chispas y un olor a quemado, el demonio desapareció, dejando a un Diego desmayado a los pies del monumento. Al alba, los monjes lo encontraron allí, abrazado a la cruz.
Desde aquel día, Diego fue un hombre nuevo; vendió sus bienes, repartió el dinero entre los pobres y se recluyó en un convento para hacer penitencia por el resto de su vida.
La leyenda de la Cruz del Diablo de Cuenca nos deja una advertencia que resuena con la misma fuerza que un trueno en la Hoz del Júcar: la soberbia es el camino más corto hacia la perdición. Nos enseña que la belleza externa puede ser la trampa más eficaz para un alma descuidada y que la verdadera fortaleza no reside en la conquista de los demás, sino en la conquista de uno mismo.
La huella en la piedra de Cuenca nos recuerda que, aunque el mal sea poderoso, siempre existe un asidero para aquel que, con humildad, reconoce sus errores y busca el camino de la redención.

La Ermita de las Angustias
Si quieres ver dónde quedó marcado el zarpazo de Lucifer en Cuenca, tendrás que dirigirte hacia la Ermita de las Angustias, también conocida como la Ermita de Nuestra Señora de las Angustias por los habitantes de Cuenca.
El escenario de este encuentro diabólico es uno de los rincones más evocadores de Cuenca. Se encuentra situada en la bajada hacia la Hoz del Júcar, en un entorno de naturaleza salvaje y rocas escarpadas.
La Cruz de Piedra donde quedó Lucifer su marca se encuentra justo a la entrada de la ermita, en el atrio exterior. Si te acercas con cuidado, podrás ver en la base del fuste una marca singular, similar a la palma de una mano con dedos alargados, que los locales señalan como la prueba física de la noche en que Diego se salvó del infierno.

Además de visitar la ermita de las Angustias, puedes aprovechar tu visita a la ciudad de Cuenca para descubrir algunos de sus monumentos de interés, como:
- El Convento de San Pablo (Parador de Cuenca): Desde donde se obtienen las mejores vistas de la hoz donde se sitúa la leyenda.
- Las Casas Colgadas: El símbolo de la ciudad, situadas a pocos minutos caminando por las rutas de la ciudad alta.
- Puente de San Pablo: Para experimentar el vértigo que Diego debió sentir al huir por los desfiladeros.
Dónde está la Cruz del Diablo
📍 Dónde está la huella del zarpazo de Lucifer
¿Quieres saber dónde está la Cruz del Diablo y cómo llegar hasta ella? La cruz de la leyenda te espera en la zona baja del casco histórico, asomada al río, más concretamente en la bajada de las Angustias, en el interior de la ermita que lleva el mismo nombre.
Para llegar hasta la Ermita de las Angustias en Cuenta, desde la Plaza Mayor de la ciudad, debes tomar la calle de San Pedro y bajar por los senderos que conducen hacia el río Júcar. El camino es peatonal y ofrece unas vistas espectaculares del entorno natural de la ciudad.
Aquí te dejamos un mapa con su ubicación exacta para que te sea mucho más fácil llegar donde está la Cruz del Diablo de la que habla la leyenda: