La figura del Ojáncano es, sin duda, la figura más imponente y temida del folklore del norte. Si la Anjana es la luz de los bosques cántabros, el Ojáncano es su sombra más profunda. Es un ser que personifica la fuerza bruta de la naturaleza y el caos de la montaña.
En las cumbres más inaccesibles de la cordillera Cantábrica, allí donde las rocas parecen cobrar vida bajo la niebla, habita el Ojáncano. Este gigante de un solo ojo es el villano más emblemático de la mitología cántabra, un ser que encarna la crueldad, la fuerza bruta y el espíritu destructivo.
A diferencia de otros gigantes de la geografía española, el Ojáncano no es solo una criatura de gran tamaño; es una fuerza elemental que odia la luz, el orden y, sobre todo, la felicidad de los hombres que habitan los valles de Cantabria. ¿Quieres saber de qué trata la leyenda del Ojáncano? ¡Sigue leyendo!
La leyenda del Ojáncano y el Pastor
Para entender el miedo que este ser inspiraba en los antiguos pastores, hay que imaginar una noche de tormenta en los Picos de Europa. Cuando los truenos hacen vibrar las rocas y los aludes de piedra bajan por las laderas, los lugareños no culpaban al clima, sino al Ojáncano, que en su furia ciega se dedicaba a arrancar robles y taponar los cauces de los ríos para inundar las aldeas.
A continuación, te dejamos con la leyenda del gigante de Cantabria, más conocido como Ojáncano:
Cuentan los viejos de la montaña que, cuando la niebla baja tanto que se confunde con la tierra, no es el viento lo que hace crujir las ramas, sino el paso pesado del Ojáncano. Imaginaos a un ser colosal, con la piel curtida por el hielo y el granito, cubierto de un vello áspero como los matorrales de la sierra y con un solo ojo en mitad de la frente que brilla con la malicia de un carbón encendido. Su barba es un matorral de pelos rojos y enmarañados que le llega hasta las rodillas, y su boca, llena de dientes afilados como hachas, nunca deja de gruñir contra los hombres.
Hace muchos inviernos, en un pequeño pueblo del Valle de Cabuérniga, un joven pastor llamado Laro se vio sorprendido por una tormenta de nieve que cegaba los caminos. Buscando refugio, se adentró en una cueva profunda cuyo techo goteaba un agua gélida y oscura. Rendido, se quedó dormido, pero al despertar, el corazón le dio un vuelco: la entrada estaba bloqueada por la figura inmensa del Ojáncano. El gigante acababa de regresar de destrozar un puente y sembrar el caos en una aldea cercana, y venía con hambre.
El monstruo, al ver al pequeño intruso, soltó una carcajada que hizo desprenderse piedras del techo.
—¡Mira qué bocado tan tierno me ha traído la tormenta! —bramó el cíclope—. Pero hoy estoy cansado de tanto romper robles. Te comeré mañana, cuando el sol no me moleste el ojo.
Laro sabía que no podía escapar por la fuerza; el Ojáncano podía mover rocas que diez bueyes no arrastrarían. Recordó entonces las advertencias de su abuela: el gigante es inmortal y su fuerza es infinita, a menos que se le encuentre el único punto débil que la naturaleza le concedió para equilibrar su maldad. Oculto entre el incendio de su barba roja, existe un único pelo blanco. Si alguien logra arrancarlo, el gigante pierde su alma y su vida al instante.
Aprovechando que el Ojáncano se entregó a un sueño profundo que hacía retumbar la montaña entera con sus ronquidos, Laro se acercó temblando. El olor a azufre y carne cruda era casi insoportable. Con una paciencia infinita, el pastor comenzó a separar los gruesos y sucios pelos de la barba. Sus dedos se hundían en aquella maraña hasta que, de repente, un destello plateado brilló bajo la luz de la hoguera que el gigante había encendido. Allí estaba: fino como un hilo de luna, el pelo blanco.
Laro cerró los ojos, rezó a la Anjana y, con un movimiento seco y desesperado, tiró del pelo. El Ojáncano abrió su único ojo y lanzó un alarido tan desgarrador que se oyó hasta en el mar Cantábrico.
Intentó atrapar al pastor con sus manos de gigante, pero sus dedos empezaron a volverse rígidos y grises. Su piel se tornó de piedra, sus músculos se convirtieron en riscos y, en pocos segundos, el terrible monstruo no era más que una mole de granito inerte en mitad de la cueva.
Laro salió corriendo de la gruta justo cuando las primeras luces del alba tocaban la nieve. Dicen que, desde aquel día, las Anjanas custodian esa cueva para que nadie vuelva a sembrar la maldad del Ojáncano, y que si escuchas con atención en los desfiladeros, lo que oyes no es el eco, sino el lamento de piedra del gigante que fue vencido por la astucia de un humilde pastor.
La leyenda del Ojáncano nos enseña que la fuerza bruta carece de valor si no está acompañada de sabiduría. Representa los obstáculos y desgracias que nos lanza la vida, recordándonos que incluso el enemigo más grande y aterrador tiene un punto débil que puede ser vencido con astucia y valor.
El pelo blanco en su barba es el símbolo de que en la oscuridad más profunda siempre existe una pequeña grieta por la que puede entrar la luz.
Las cuevas de la Cordillera Cantábrica
Son muchos los interesados en saber dónde se desarrolla la leyenda del Ojáncano. Por nuestra parte, podemos indicar que la leyenda del Ojáncano tiene lugar en las cuevas de la Cordillera Cantábrica.
La figura del Ojáncano es inseparable de la orografía accidentada de Cantabria. Sus historias suelen situarse en los desfiladeros más profundos y en las cuevas de las zonas occidentales de la región. La geografía cántabra, con sus miles de cavidades subterráneas y sus picos escarpados, ofrece el escenario natural perfecto para un ser de naturaleza telúrica. En lugares como el Valle de Cabuérniga, el relieve es tan abrupto y los bosques tan densos que es fácil imaginar al gigante acechando tras un risco de granito.
Si quieres recorrer el territorio donde el mito del Ojáncano sigue vivo, no puedes perderte estos puntos clave:
- Parque Natural Saja-Besaya: El pulmón verde de Cantabria, ideal para observar los robles y hayas que, según el mito, el gigante arrancaba en sus ataques de ira.
- Cueva de El Soplao: Aunque es una maravilla geológica única por sus formaciones, su atmósfera de «catedral subterránea» evoca perfectamente las moradas del Ojáncano.
- Ruente y su Fuentona: Una surgencia natural de agua que brota de una cueva; la leyenda local dice que cuando la fuente se seca de repente, es porque una Anjana ha detenido el agua para castigar a un Ojáncano que vivía en su interior.
- Poblado de Los Tojos: Uno de los municipios que mejor conserva la esencia de la arquitectura montañesa, donde las historias de cíclopes se han transmitido de generación en generación.

Completa tu visita a las cuevas de la cordillera Cantábrica con estas actividades recomendadas por Civitatis:
Dónde está la tierra del Ojáncano
Aunque el Ojáncano puede aparecer en cualquier rincón de la Cordillera Cantábrica, su presencia es especialmente fuerte en la Cantabria Occidental. Podríamos decir que su ubicación se centra en los núcleos de Ruente, Cabuérniga y los Picos de Europa son sus feudos tradicionales, así como el Parque Natural de Saja-Besaya.
Para llegar a estos rincones de la cordillera cántabra basta con salir de Santander, tomando la autovía A-67 dirección Torrelavega y desvíate hacia la CA-180. Esta carretera te internará en los valles más profundos de la región, donde el asfalto deja paso a la montaña más indómita.
A continuación, te dejamos indicada en el mapa la ubicación del Parque Natural Saja-Besaya lugar donde deambulaba el Ojáncano y punto de interés turístico muy recomendado: